Son las 3:45 a.m. y el "festival de pensamientos" ha pasado de ser una introspección profunda a una película de terror psicológico mezclada con filosofía barata. Si antes estaba preocupada por mi futuro, ahora estoy cuestionando literalmente la existencia del tiempo. ¿Quién decidió que un minuto dura sesenta segundos? ¿Y por qué cuando duermo pasan volando, pero a esta hora cada tic-tac del reloj de la sala suena como una explosión?
Ya entré en esa fase peligrosa del insomnio en la que empiezo a calcular cuántas horas de sueño me quedan si me duermo en este preciso segundo. "A ver, si cierro los ojos ya mismo, duermo tres horas y doce minutos. Si me duermo en diez minutos, son tres horas exactas. Tres horas es un ciclo de sueño completo, ¿no? Estaré bien. Sobreviviré." La mentira más grande que me cuento a mí misma cada noche.
Lo peor es que, en medio de este delirio, me dio hambre. Pero no un hambre normal de "quiero una manzana", sino un hambre de "necesito unos chilaquiles o una pizza fría". Me quedé cinco minutos debatiendo si bajar a la cocina era una misión de espionaje viable o si el crujido de la cuarta escalera despertaría a mis papás y terminaría castigada por "andar de vaga" de madrugada. Al final, el miedo al regaño le ganó a mi estómago.
Mi cuarto ahora se ve diferente. Las sombras de mi ropa amontonada en la silla parecen un monstruo encorvado, pero ya ni siquiera tengo energía para asustarme. Solo le digo: "Mira, si me vas a llevar, hazlo rápido, que mañana tengo examen de Inglés".
A esta hora, la soledad se siente pesada. Reviso el celular por inercia y no hay ni una notificación. Todo el mundo está en el séptimo sueño, viviendo vidas normales, mientras yo estoy aquí, analizando por qué la luna se ve tan blanca hoy y por qué nunca aprendí a tocar el ukelele. Es como si estuviera atrapada en una dimensión paralela donde soy la única habitante.
El cansancio ya no es sueño, es una especie de vibración en todo el cuerpo. Mis ojos arden, pero mi mente sigue despierta, como un hámster en una rueda que no sabe cómo frenar.
Las 5:00 a.m. Ya escucho los primeros pájaros afuera y, sinceramente, a estas alturas solo quiero pedirles que se callen. La luz azul del amanecer está empezando a filtrarse por la persiana y es oficial: el insomnio me ganó la partida. Sin embargo, mientras me resigno a levantarme y busco mis pantuflas, me quedo con una sensación extraña.
La moraleja de estas noches de desvelo es que a veces necesitamos el silencio del mundo para poder escucharnos a nosotras mismas. Durante el día estamos tan llenas de ruido, de notificaciones, de voces de profesores y de expectativas de los demás, que nuestro verdadero "yo" se queda mudo. A las 2 a.m. no hay máscaras; solo estás tú con tus miedos, tus sueños más locos y tus recuerdos.
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