¿Qué me da más miedo: fracasar o que nada cambie nunca?



LECTURA.- Hoy me quedé mirando el techo de mi cuarto durante una hora, escuchando el zumbido del ventilador y sintiendo esa presión en el pecho que aparece cuando el futuro se me viene encima. Siempre nos dicen que tengamos cuidado, que estudiemos, que no cometamos errores, que el fracaso es como un abismo del que no se puede salir. Pero hoy, por primera vez, me pregunté si no le estamos temiendo al monstruo equivocado.

El terror al error

El miedo al fracaso lo conozco de memoria. Es ese nudo en la garganta antes de entregar un examen, la mano que me tiembla cuando intento algo nuevo o el silencio que guardo por miedo a decir una estupidez. Es la idea de que si no soy "exitosa" (sea lo que sea que eso signifique), voy a decepcionar a todo el mundo. Es el miedo a caerse.

Pero hoy, mientras veía mi rutina —el mismo camino a la escuela, las mismas conversaciones, el mismo café tibio, los mismos sueños guardados en el cajón—, me dio un escalofrío diferente.


La parálisis de lo eterno

Me puse a pensar: ¿y si dentro de diez años sigo exactamente igual? ¿Y si el miedo a fracasar me hace tomar siempre el camino seguro y termino atrapada en una vida que no elegí, sino que simplemente acepté porque no tenía riesgos?

  • El fracaso es un golpe, duele, te deja moretones, pero al menos te dice que lo intentaste.

  • La inercia es como una anestesia. No duele, pero te va durmiendo el alma de a poquito.

Me aterra la idea de despertar a los 30 o 40 años y darme cuenta de que mi vida fue una línea recta y aburrida porque nunca me atreví a doblar en una esquina peligrosa. Me asusta más que nada cambie, que mis días sean una fotocopia de otros días, que mi potencial se quede ahí, flotando, solo porque tuve demasiado miedo de "fallar".


"El fracaso es un evento, pero la monotonía es un estado mental. Y no sé cuál de los dos es más difícil de curar".

Mi conclusión de medianoche

Prefiero mil veces equivocarme, romperme el corazón, elegir la carrera que no era o mudarme de ciudad y tener que regresar con las manos vacías, que quedarme sentada esperando a que la vida "pase". El fracaso es una prueba de que estás viva, de que te moviste, de que buscaste algo. Que nada cambie es, en realidad, una forma lenta de rendirse.

A partir de hoy, voy a intentar cambiar mi perspectiva. Cada vez que sienta miedo de fallar, voy a recordarme que el verdadero peligro es quedarme exactamente donde estoy ahora, mirando por la ventana cómo los demás se atreven a vivir mientras yo solo espero a estar "segura". La seguridad es una jaula muy cómoda, pero yo prefiero el riesgo de volar, aunque me pegue un buen golpe contra el suelo.

El primer paso fuera de la zona de confort

Hoy decidí que no podía quedarme solo en la teoría. Es muy fácil escribir en un diario sobre "querer volar" mientras estás tapada con tu manta favorita, pero otra muy distinta es saltar. Así que hoy hice algo que para cualquier otra persona sería una tontería, pero que para mí fue como escalar el Everest: me inscribí en ese taller de teatro del que llevo meses guardando el folleto.

El sabotaje interno

Apenas puse mi nombre en la lista, mi cerebro activó todas las alarmas. Empezó el desfile de los "¿y si...?":

  • "¿Y si te quedas en blanco en el escenario?"

  • "¿Y si todos son mejores que tú y pareces una ridícula?"

  • "¿Y si el profesor te dice que no tienes talento?"

Fue increíble notar cómo mi cuerpo prefería la seguridad de la rutina (volver a casa, ver Netflix, no exponerme) por encima de la posibilidad de descubrir algo nuevo. El miedo al fracaso no es una idea, es una sensación física, como si tuvieras hormigas en el estómago diciéndote: "Vuelve atrás, ahí estás a salvo".


La pequeña victoria

Pero entonces, mientras caminaba de regreso, me fijé en la gente en la calle. Vi a tantas personas caminando con la mirada perdida, como si estuvieran en piloto automático, que sentí un alivio inmenso. Sí, puede que en el taller haga el ridículo más grande de mi vida, pero al menos mi martes será diferente.

De repente, el miedo a que "nada cambie" se volvió mi aliado. Cada vez que quería borrar mi nombre de la lista, me decía a mí misma: "Si no lo haces, mañana serás la misma persona que hoy, con las mismas dudas y el mismo aburrimiento". Y eso, de alguna forma, me dio más valor que cualquier frase motivacional.

"El cambio no es un evento gigante que sucede de la noche a la mañana; es el resultado de pequeñas decisiones incómodas que tomas cuando nadie te está mirando".

Lo que viene

El taller empieza el jueves. No voy a mentir: sigo aterrada. Pero es un terror emocionante, de esos que te hacen sentir que la sangre corre más rápido. He descubierto que el fracaso tiene un antídoto, y no es el éxito, sino la acción. En el momento en que das el paso, el miedo deja de ser un monstruo gigante y se convierte en un compañero de viaje un poco molesto, pero soportable.

Prefiero mil veces llegar el jueves y descubrir que soy la peor actriz de la historia, que quedarme aquí preguntándome qué hubiera pasado si me hubiera atrevido.

El hallazgo en el caos

Ya pasó mi primera clase de teatro. ¿Fracasé? Técnicamente, sí. Me tropecé durante un ejercicio de confianza, se me olvidó mi única línea en una improvisación y me puse tan roja que parecía un semáforo en hora pico. Si el éxito era ser la nueva estrella de Broadway en dos horas, entonces fallé miserablemente.

Pero aquí está lo raro: mientras caminaba de regreso a casa, me sentía eufórica.

El fracaso no era como lo pintaban

Me di cuenta de que el fracaso, cuando finalmente lo miras a los ojos, no es ese abismo oscuro que imaginaba. Es solo información. Ahora sé que necesito trabajar en mi proyección de voz y que mi equilibrio no es el mejor, pero estoy aprendiendo. El mundo no se detuvo, nadie se burló de forma cruel y, lo más importante, hoy no fue una fotocopia de ayer.

Romper la inercia dolió un poco, como cuando se te duerme una pierna y empieza a darte hormigueo al despertar, pero esa sensación es la prueba de que todavía hay vida ahí dentro.


Lo que grabé en mi mente hoy

Después de esta semana de darle vueltas al miedo, he llegado a una conclusión que quiero guardar para cuando el mundo vuelva a parecer aburrido:

  • El fracaso es un maestro, la inercia es un carcelero: Es mejor fallar en algo que te importa que tener éxito en algo que te da igual. El error te enseña a ajustar el rumbo; el estancamiento te quita el mapa por completo.

  • La seguridad es una ilusión cara: Intentar que nada cambie para no sufrir es como dejar de respirar para no oler algo feo. Al final, pagas con tu propia felicidad el precio de no sentirte incómoda.

  • Tú eres el arquitecto de tus cambios: No tienes que esperar a que la vida te traiga una gran oportunidad. Los cambios grandes están hechos de "síes" pequeñitos a cosas que te dan un poco de miedo.

Nota final: El éxito no es llegar a la meta sin un solo rasguño; el éxito es llegar al final del día pudiendo decir: "Hoy no me quedé de brazos cruzados".

Cierro este escrito con la rodilla un poco raspada y el orgullo algo abollado, pero con el alma bien despierta. Prefiero una vida llena de "no puedo creer que hice eso" que una llena de "¿qué hubiera pasado si...?". Que cambie todo, que falle mil veces, pero que nunca, nunca, me quede quieta por miedo a vivir.


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