Es un mensaje para él. No es un "hola, ¿cómo estás?", es un "me dolió que no me saludaras ayer" y un "odio que hablemos por horas y luego me ignores por tres días".
La guerra entre el "Enviar" y el "Borrar"
Lo escribí de un tirón, con las manos temblando. Se siente tan bien sacarlo todo, ponerle nombre a ese nudo que tengo en el estómago desde el martes. Pero justo cuando voy a presionar el icono azul, me detengo.
El miedo al "Visto": Imagino el doble check azul y el silencio eterno que le seguiría. Ese silencio que duele más que un grito.
El orgullo: Una parte de mí dice: "No le des ese poder, no dejes que sepa que te importa tanto".
La duda: ¿Y si estoy exagerando? ¿Y si solo estaba ocupado y yo estoy armando un drama digno de una serie de Netflix?
El ritual del retroceso
Al final, empecé a borrar. Letra por letra. Palabra por palabra. Ver cómo las frases que me costaron tanto pensar desaparecían de la pantalla fue extrañamente terapéutico, pero también triste.
Borré la parte donde decía que lo extrañaba.
Borré la parte donde le reclamaba su indiferencia.
Al final, solo quedó la caja de texto en blanco.
"Escribir el mensaje es para mí; enviarlo es para él. A veces, con lo primero es suficiente".
¿Por qué nos castigamos así?
Me pregunto por qué nos da tanto miedo decir lo que sentimos. Vivimos en una cultura de "quien demuestra menos, gana", y yo estoy harta de ese juego. Pero aquí estoy, siendo parte de él, guardándome las palabras en el bolsillo para no parecer "intensa" o "loca".
Al final, no mandé nada. Dejé el celular en la mesa de noche y me quedé mirando el techo. El mensaje no llegó a su destino, pero al menos ya no está dando vueltas en mi cabeza. Se quedó aquí, en estas hojas, donde nadie puede dejarme en visto y donde mis sentimientos no necesitan permiso para existir.
La respuesta que no pedí (pero que llegó)
Dicen que el universo tiene un sentido del humor bastante retorcido. Anoche me dormí sintiéndome "ganadora" porque no le envié aquel testamento de tres párrafos. Me convencí de que el silencio era mi mejor arma, mi escudo de dignidad. Pero hoy, a las 3:15 p.m., justo en medio de la clase de Historia, el celular vibró en mi bolsillo.
Era un mensaje de él.
"Oye, perdón por estar desaparecido. He tenido una semana fatal. ¿Estás enojada?"
El cortocircuito mental
Me quedé helada. En ese momento, toda la calma que sentía por haber borrado el mensaje ayer se transformó en una tormenta eléctrica. Por un lado, sentí un alivio ridículo (¡sí, le importa si estoy enojada!). Por otro, sentí una rabia hirviente. ¿Cómo puede ser tan simple? ¿Cómo puede resumir mis tres días de ansiedad en un "he tenido una semana fatal"?
Mis dedos volaron sobre el teclado. Casi escribo: "¿Enojada? Para nada, ni siquiera me di cuenta de que no hablábamos". La clásica mentira defensiva. Pero me detuve.
El dilema de la honestidad vs. el juego
¿Qué gano fingiendo que no me importa? Si sigo borrando mis verdades, lo único que logro es que él crea que puede entrar y salir de mi vida cuando quiera sin que pase nada. Pero si le digo la verdad, vuelvo a ser la "intensa".
Opción A (La orgullosa): "Tranqui, yo también estuve ocupada". (Mentira total).
Opción B (La pasivo-agresiva): "Ah, ¿estábamos hablando?". (Patético).
Opción C (La real): "Sí, un poco. No me gusta que desaparezcas sin decir nada". (Aterrador).
"Borrar el mensaje ayer fue fácil porque él no estaba mirando. Ser honesta hoy, con él esperando al otro lado del chat, es como saltar de un paracaídas sin estar segura de que se va a abrir".
Lo que terminé haciendo
Escribí y borré unas cinco veces más. La burbuja de "escribiendo..." debe haber aparecido y desaparecido en su pantalla como una luz de emergencia. Al final, no mandé los tres párrafos de ayer, pero tampoco mandé la mentira de hoy.
Mandé algo corto: "La verdad es que sí se sintió raro. Me hubiera gustado que me avisaras si no podías hablar".
Bloqueé la pantalla de inmediato y guardé el teléfono en la mochila. Siento que tengo una granada en las manos y no sé si va a explotar o si simplemente se va a quedar ahí, fría. Pero al menos esta vez, el mensaje sí salió. La versión "valiente" de mí finalmente le ganó a la versión "orgullosa". Ahora el balón está en su cancha... y yo siento que me voy a desmayar.
El silencio que ya no asusta
Pasaron cuarenta minutos hasta que el celular volvió a vibrar. Cuarenta minutos en los que me imaginé todos los escenarios posibles: que se burlaba de mí con sus amigos, que me dejaba en visto para siempre o que me respondía con un seco "ok". Pero cuando finalmente leí la pantalla, decía:
"Tienes razón. Fui un tonto y no lo pensé así. No quería que te sintieras mal, de verdad. ¿Podemos hablar mañana en el recreo?"
Me quedé en shock. No hubo drama, ni peleas, ni me llamó "loca". Solo hubo una disculpa humana. Y ahí fue cuando me di cuenta de que el monstruo que yo había creado en mi cabeza —ese que me decía que mis sentimientos eran "demasiado"— era mucho más grande que la realidad.
El peso que me quité de encima
Al final, lo que me tenía agotada no era su actitud, sino el esfuerzo que yo hacía por ocultar que me afectaba. Al decirle la verdad, le quité el poder al misterio. Ya no tengo que andar adivinando qué piensa, porque ya puse sobre la mesa lo que yo siento.
Esa noche no borré nada. No borré la conversación, ni borré mis ganas de hablar con él, ni borré mi derecho a que las cosas me duelan.
Lo que aprendí entre el "Escribiendo..." y el "Enviado"
Después de este maratón de ansiedad digital, me llevo estas lecciones para cuando el dedo me vuelva a temblar sobre la pantalla:
La vulnerabilidad es un filtro: Decir lo que sientes es la mejor forma de saber quién merece estar en tu vida. Si alguien se asusta porque eres honesta, esa persona no estaba lista para alguien como tú.
Borrar no siempre limpia: Puedes borrar el texto de la pantalla, pero si no sacas el sentimiento, se queda ahí, pudriéndose y convirtiéndose en resentimiento. Escribir es para desahogarse, pero hablar es para sanar.
Tus límites son tu respeto: Decir "esto me molestó" no es ser intensa, es enseñarle a los demás cómo quieres que te traten. Quien te quiere de verdad, va a agradecer el manual de instrucciones en lugar de quejarse por las reglas.
Nota final: No te arrepientas de los mensajes que mandaste con el corazón, aunque no te respondan como esperabas. Arrepiéntete de las verdades que te tragaste por miedo, porque esas son las que terminan dándote dolor de estómago.
Cierro este texto hoy sintiéndome mucho más fuerte. Mañana hablaré con él en persona, y aunque sigo nerviosa, ya no tengo miedo. Porque pase lo que pase, ya aprendí que mi voz vale mucho más que mi silencio.
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