Como era de esperarse, la burbuja de paz no duró para siempre. En cuanto volví a encender el celular, la pantalla parecía un árbol de Navidad de tantas notificaciones. El ruido regresó con todo, pero esta vez se sentía... diferente.
Tenía tres llamadas perdidas de Sofía, que ya estaba armando una teoría conspirativa sobre por qué no contestaba, y una cadena de mensajes en el grupo que pasaba de "¿Dónde está?" a "¿Se habrá enojado por lo que dijimos ayer?". Me dio entre risa y un poquito de culpa, pero lo curioso fue que no sentí esa urgencia desesperada de dar explicaciones. Antes, me hubiera desvivido pidiendo perdón por "desaparecer". Hoy, simplemente escribí: "Todo bien, chicas, solo necesitaba un break del mundo".
Lo más difícil no fue lo que mis amigas pensaran, sino la batalla interna con mi propio "FOMO" (miedo a perderme de algo). Vi las historias de la salida al cine a la que no fui. Se veían felices, comiendo palomitas y haciendo bromas locales que ahora yo no entiendo. Por un segundo, sentí ese pinchazo en el estómago, esa voz que me decía: "Ves, el mundo sigue sin ti, no eres tan importante".
Pero entonces miré mi cuarto, mi libro terminado y esa sensación de descanso real que no sentía hace siglos, y me di cuenta de que esa voz mentía. El mundo tiene que seguir sin mí de vez en cuando para que yo pueda seguir con el mundo después.
Mis amigas terminaron entendiendo, o al menos lo aceptaron. Val hasta me mandó un mensaje por privado diciendo: "Qué envidia, yo también debería hacer eso". Ahí entendí que todas estamos igual de cansadas de este ritmo frenético de estar "conectadas" 24/7, pero nos da miedo ser las primeras en soltar el cable.
Hoy aprendí que poner límites no me aleja de los demás, sino que me acerca a mí. Estar disponible para todo el mundo todo el tiempo es la receta perfecta para terminar sintiéndote vacía. Y hoy, por primera vez en mucho tiempo, me siento llena.
Ya es tarde, la casa está en silencio y el brillo del celular ya no me parece tan hipnotizante como antes. Después de haber pasado el día en mi "isla privada" y de haber navegado el pequeño caos de reaparecer ante el mundo, me siento extrañamente ligera.
La moraleja de haber elegido quedarme conmigo misma es que no somos piezas de un rompecabezas que tienen que encajar a la fuerza en el tablero de los demás. A veces, nos da pánico perdernos un chisme, una foto o una salida, pero nos olvidamos de que la pérdida más grande es perder nuestra propia paz. He aprendido que decir "no" a un plan externo es decirse "sí" a una misma, y eso no es egoísmo, es supervivencia.
En un mundo que nos grita todo el tiempo que debemos ser más rápidas, más bonitas y más sociables, el acto más rebelde que podemos hacer es detenernos. No necesitamos la aprobación de un grupo de WhatsApp para saber que somos valiosas, ni necesitamos estar presentes en cada historia de Instagram para demostrar que estamos vivas.
Hoy descubrí que mi valor no depende de mi conexión a internet ni de mi capacidad para responder mensajes en menos de cinco minutos. Mi valor está en estos momentos de calma, en mis libros, en mis pensamientos desordenados y en la capacidad de estar a solas sin sentir que me falta algo.
Mañana volveré a la rutina, al "despertador traicionero" y a las charlas eternas, pero lo haré con una fuerza diferente. Porque ahora sé que, si el mundo se vuelve demasiado ruidoso, siempre tengo un refugio seguro a donde volver: yo misma.
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