Charlas eternas con mis amigas por WhatsApp



LECTURA.-  Si alguien revisara las estadísticas de mi celular, creo que se asustaría. El título de mi vida social últimamente es, sin duda: Charlas eternas con mis amigas por WhatsApp.

A veces me pregunto de qué tanto hablamos. O sea, nos vemos siete horas en la escuela, almorzamos juntas, caminamos hasta la parada del transporte y, en cuanto cruzo la puerta de mi casa, lo primero que hago es desbloquear el teléfono. Es como una necesidad física. El grupo "Las de siempre" (sí, nombre cero original, lo sé) tiene más de 300 mensajes sin leer y apenas dejé el modo avión hace diez minutos.

Lo que más me da risa es la dinámica. Está Sofía, que manda audios de tres minutos que parecen podcasts de crímenes reales porque siempre tiene algún chisme intenso; está Val, que solo contesta con stickers de gatitos que expresan exactamente lo que todas sentimos; y luego estoy yo, intentando escribir mientras hago la tarea de Química, fallando épicamente en ambas cosas.

Nuestras conversaciones son un caos hermoso. Pasamos de analizar por qué él le dio "like" a una foto de hace tres años, a debatir si el flequillo me quedaría bien (consenso: no), y terminamos compartiendo memes que solo nosotras entendemos. Es un idioma propio. Esos globos de texto verdes son mi lugar seguro; el lugar donde puedo decir que estoy estresada, que odio el examen de mañana o que descubrí una canción nueva que me cambió la vida.

A veces mi mamá me mira y me dice: "¡Pero si acabas de estar con ellas!". Y tiene razón, pero no lo entiende. Esas charlas no son solo palabras; son como un hilo invisible que nos mantiene conectadas cuando estamos solas en nuestras habitaciones. Es saber que, aunque el mundo sea un desastre allá afuera, a un "click" de distancia hay tres personas que van a reaccionar con un "literal" o un "te entiendo mil" a cualquier tontería que se me ocurra.

Al final, mi batería siempre está en el 5% y mis dedos ya me duelen de tanto escribir, pero no importa. Esas charlas eternas son el combustible que me hace sentir que, pase lo que pase, no estoy navegando este lío de la adolescencia yo sola.

Aquí sigo, pegada a la pantalla, y es que la cosa se puso seria. Si la primera parte de la tarde fueron risas y stickers de gatitos, la segunda parte ha sido un análisis forense digno de una serie de Netflix.

El grupo "Las de siempre" ha pasado de ser un chat de chismes a una sala de guerra. Resulta que Santi subió una historia con una "amiga" que nadie conoce, y el grupo ha entrado en modo FBI. Hemos analizado el reflejo en sus lentes, la etiqueta de la ubicación y hasta el color de las uñas de la tipa. Es impresionante la capacidad deductiva que tenemos cuando nos lo proponemos; si pusiéramos este mismo empeño en la clase de Historia, ya estaríamos becadas en Harvard.

Pero lo que más me gusta de estas charlas eternas no es solo el drama (que, aceptémoslo, nos encanta), sino esos momentos en los que el tono cambia.

De repente, a eso de las 11 de la noche, el ambiente se pone "deep". Val confesó que se siente súper presionada por sus papás con el tema de la universidad, y todas dejamos de mandar memes para escribir párrafos gigantes de apoyo. Es en esos momentos, cuando el celular vibra sin parar, que me doy cuenta de que WhatsApp es mucho más que una app. Es nuestra red de seguridad. Es el lugar donde podemos ser vulnerables sin que nos de vergüenza, protegidas por la distancia de la pantalla pero unidas por el cariño.

Mi pantalla está llena de huellas y mis ojos ya arden por la luz azul, pero no puedo soltarlo. Estamos planeando un viaje imaginario para cuando nos graduemos, sabiendo que probablemente terminemos yendo al centro comercial de aquí a la vuelta, pero soñar en grupo es lo que nos mantiene cuerdas.

Al final, la "segunda parte" de estas charlas siempre es la mejor: es donde los chistes se vuelven confesiones y los stickers se vuelven promesas de que siempre vamos a estar ahí, a un mensaje de distancia.

Son casi las doce de la noche. La luz del celular es lo único que ilumina mi cuarto y el silencio afuera es total, pero dentro del chat todavía se escuchan los ecos de nuestra última risa. Al final, después de mil capturas de pantalla, consejos de vida y un par de dramas existenciales, he llegado a una conclusión.

La moraleja de estas charlas eternas es que lo "virtual" no le quita ni un poquito de peso a lo real. Muchas veces los adultos dicen que perdemos el tiempo frente a la pantalla, que estamos desconectadas del mundo, pero la verdad es que yo nunca me he sentido más conectada. Ese pequeño dispositivo es nuestra trinchera; es el lugar donde aprendemos a escuchar, a defender a nuestras amigas y a entender que todas estamos pasando por las mismas inseguridades.

He aprendido que no importa qué tan malo haya sido el día o qué tan sola me sienta en mi escritorio haciendo la tarea: un mensaje a tiempo es el mejor abrazo que alguien te puede dar sin tocarte. La amistad no solo se mide en las horas que pasamos sentadas en el patio de la escuela, sino en la rapidez con la que alguien contesta a un "necesito hablar" cuando el resto del mundo ya se fue a dormir.

Así que, aunque mañana me levante con ojeras de mapache y el "despertador traicionero" me torture de nuevo, me voy a dormir con el corazón tranquilo. Porque sé que, en cuanto despierte, habrá un mensaje esperando que me diga que no estoy sola en este lío.

Apago la pantalla por hoy... pero solo porque mi batería llegó al 1%.


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