LECTURA.- Hoy volvemos a la lucha. El título de mi vida ahora mismo podría ser perfectamente: Mi rutina de mañana: despertador traicionero y café salvador.
Eran las 6:30 a.m. cuando empezó la traición. Mi despertador no es un sonido, es un ataque personal. Programé esa canción de k-pop pensando que me pondría de buenas, pero ahora solo asocio los primeros acordes con el sentimiento de que el mundo se acaba. Lo pospuse tres veces (obvio). Esos cinco minutos extra entre las sábanas son la mentira más dulce del universo; te hacen creer que vas a descansar, pero solo sirven para que luego tengas que correr por el cuarto como si estuvieras en un maratón.
Me levanté sintiéndome como un zombie de The Last of Us. Me miré al espejo y, de verdad, mi pelo tenía vida propia; parecía que había peleado con un mapache y había perdido.
Bajé a la cocina arrastrando los pies, tropezando con la mochila que dejé tirada anoche (nota mental: dejar de ser tan desordenada, o no). Y ahí estaba él. Mi único aliado en esta casa: el café. Escuchar el goteo de la cafetera es el único motivante que realmente necesito en mi vida.
En cuanto tomé el primer sorbo, sentí que mi cerebro finalmente se conectaba al Wi-Fi. No es que de repente ame la escuela o tenga ganas de resolver ecuaciones de segundo grado, pero al menos ya no siento qesue quiero llorar porque se me terminaron los cereal. El café es lo único que separa mi versión "quiero morder a alguien" de mi versión "puedo sobrevivir a la primera clase". Eso si lo tomo ultra ligero y disuelto en leche para comerlo con mi panecito de la mañana.
Ahora estoy aquí, esperando mi transporte, con el termo en la mano y rogando que el efecto de la cafeína no se pase antes del recreo. Mañana repetimos el drama, pero por ahora... estamos vivos.
Sobreviví, pero fue por un pelo. Si el café de la mañana fue mi salvador, el resto del día fue una película de suspenso de bajo presupuesto.
Llegué al salón justo cuando el profesor de Matemáticas estaba cerrando la puerta. Me lanzó esa mirada de "otra vez tarde", pero mi termo de café y yo entramos con una dignidad que ni yo me creía. El problema es que, para la segunda hora, la magia de la cafeína empezó a traicionarme. Pasé de estar súper alerta a sentir que mis párpados pesaban como si tuvieran imanes pegados al pupitre.
Y claro, tenía que pasar: examen sorpresa de esa materia.
En ese momento, mi cerebro entró en modo pánico. Miré la hoja y las fechas me parecían números aleatorios de una rifa en la que no quería participar. Por un segundo, me quedé mirando fijamente el vacío, procesando que no me acordaba de si la Revolución Francesa fue antes o después de que se inventara el internet (es broma, pero casi).
Al final, gracias a que el azúcar del panecito que me comí en el cambio de clase me dio un último empujón de energía, logré llenar la hoja. No sé si lo que escribí tiene sentido o si inventé un nuevo período histórico, pero al menos no dejé nada en blanco.
Ahora estoy de camino a casa, hundida en el asiento del transorte con los audífonos puestos para que nadie me hable. El efecto del café salvador ya es solo un recuerdo lejano y lo único que ocupa mi mente es mi cama. Mi meta para la tarde es simple: ver tres capítulos de mi serie y no pensar en el despertador de mañana... aunque sé que volverá a sonar con la misma crueldad de siempre.
La moraleja de todo este caos es bastante simple, aunque me duela admitirlo: no puedes pretender que un café haga el trabajo que te toca a ti. Sí, el café es increíble y mi despertador es un villano de película, pero la verdad es que paso más tiempo quejándome de la rutina que intentando dominarla. Me di cuenta de que si no fuera por ese pequeño momento de paz con mi taza en la mañana, quizás no me habría detenido a respirar antes de lanzarme al mundo.
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