El momento más incómodo de la semana en la escuela

 24 jul 2025



LECTURA.- Si la tierra decidiera tragarse a alguien en un momento específico, hoy era el día perfecto para que me eligiera a mí. De verdad, hay niveles de incomodidad, y luego está lo que me pasó hoy en la cafetería. Todavía siento que me arden las mejillas solo de recordarlo.

La anatomía del desastre
Todo empezó por mi maldita costumbre de caminar distraída, con los audífonos puestos y fingiendo que estoy en un video musical. Iba tan metida en mi mundo que no vi que el piso estaba recién trapeado cerca de la mesa de los "populares" (odio usar esa etiqueta, pero es que literalmente son los que siempre parecen estar bajo un reflector).

El tropiezo: No fue una caída elegante. Fue un manoteo desesperado en el aire.

El efecto sonoro: Mi bandeja de plástico golpeando el suelo hizo un ruido que, juro, detuvo el tiempo. Todo el comedor se quedó en silencio.

El clímax: Mi ensalada de pasta salió volando y, por alguna ley física cruel del universo, terminó decorando los tenis blancos impecables de Lucas, el chico que me gusta desde hace dos años y al que nunca me he atrevido a hablarle.

El silencio que duró un siglo
Fueron como cinco segundos donde nadie respiró. Yo estaba ahí, a medio caer, mirando un pedazo de brócoli sobre el cordón de su zapato. Lucas me miró, yo lo miré, y sus amigos empezaron a soltar esas risitas sofocadas que son peores que una carcajada abierta.

Quise decir algo "cool" o pedir una disculpa súper madura, pero lo único que salió de mi boca fue un sonido extraño, como un hipo mezclado con un quejido. Recogí mi bandeja a la velocidad de la luz y salí de ahí casi corriendo, sintiendo todas las miradas clavadas en mi espalda como alfileres.

"Hay momentos en los que el trágame tierra no es una frase hecha, es una necesidad vital".

La reflexión post-trauma
Pasé el resto de las clases escondida en la biblioteca, convencida de que mi vida social había terminado. Pero entonces pasó algo raro. En la salida, me crucé con una niña de primero que me dijo: "Oye, lo de la cafetería fue épico, a mí me pasó algo peor con un jugo de uva el mes pasado".

Me reí. Un poquito, pero me reí. Me di cuenta de que, aunque para mí fue el fin del mundo, para los demás fue solo un "pobre de ella" de diez segundos. Mañana alguien más hará algo ridículo y yo pasaré a ser historia antigua. Aún así, creo que no volveré a comer ensalada de pasta en lo que resta del año... por pura precaución.

El día después del apocalipsis (o cómo sobrevivir al pasillo)
Hoy me desperté con el firme deseo de fingir una gripe, una alergia extraña o, de plano, mudarme de país. ¿Cómo se supone que voy a entrar a la escuela después de haber convertido el tenis de Lucas en un buffet de ensalada? Mi dignidad estaba bajo cero, pero mi mamá no aceptó mi "dolor de garganta" imaginario, así que aquí estoy.

El "Paseo de la Vergüenza"
Entrar al colegio fue como caminar por una alfombra roja, pero de las que dan ganas de llorar. Sentía que cada grupo de gente que susurraba lo hacía sobre mi caída.

Expectativa: Entrar con la frente en alto y actuar como si nada hubiera pasado.

Realidad: Caminar pegada a la pared, mirando mis propios pies y usando mi sudadera gigante como un escudo protector.

Lo peor fue cuando pasé por el lugar exacto del "crimen" en la cafetería. El piso ya estaba seco, pero en mi mente todavía había un esquema forense de mi pasta voladora.

El encuentro inevitable
Y entonces, pasó. Doblé la esquina del pasillo C y ahí estaba él, solo, frente a su locker. Mis piernas se congelaron. Quise dar media vuelta, pero Lucas me vio. Se quedó mirándome un segundo (que para mí fueron tres horas) y empezó a caminar hacia mí.

Mi cerebro entró en modo de emergencia: "¡Aborten misión! ¡Finge un desmayo! ¡Corre!". Pero mis pies no se movieron.

—Oye —me dijo cuando estuvo cerca.

—Perdón por lo de ayer, de verdad, te juro que no soy un peligro público —solté yo, todo de corrido y sin respirar, sintiendo que me ponía roja como un tomate.

Él se rió. Pero no fue una risa de burla, sino una risa... ¿normal? Se señaló los tenis. Estaban limpios, pero se notaba una mancha casi invisible de aderezo en una costura.

—No pasa nada —dijo sonriendo—. De hecho, fue un alivio. Mis amigos estaban hablando de algo súper aburrido y tu "show" nos dio tema para media hora. Además, ya quería lavar estos tenis.

El giro de la trama
Nos quedamos hablando un minuto (¡un minuto entero!). Me preguntó si me había lastimado la rodilla y le dije que solo me dolía el orgullo. Se volvió a reír y me dijo: "Nos vemos luego, 'Ensalada'".

¿Me puso un apodo? Sí. ¿Es un apodo ridículo? También. ¿Es mejor que ser la niña invisible que nunca le habló? Definitivamente.

"A veces, para que alguien note que existes, tienes que estrellar tu almuerzo contra sus pies".

No puedo creer que lo que ayer parecía el fin de mi reputación, hoy se convirtió en la primera vez que él sabe mi nombre (bueno, mi nuevo nombre de comida). Sigo sintiendo un poco de vergüenza, pero al menos ya no quiero que la tierra me trague. Quizás solo quiero que me trague un poquito, pero solo hasta las rodillas.

El día que dejé de ser perfecta (y no pasó nada)
Después de todo el drama, hoy me siento extrañamente ligera. Es curioso, pero pasé años tratando de parecer "cool", de que no se me desordenara ni un pelo y de no decir ninguna tontería frente a la gente que me importa. Y resulta que tuve que caerme de la forma más ridícula posible para finalmente sentirme... yo.

Mis amigas, por supuesto, no me la dejaron pasar. Pasaron todo el día llamándome "Capitana Pasta" y enviándome memes de gente tropezándose. Al principio me molestó, pero luego me di cuenta de que si me reía con ellas, el poder de la burla se desvanecía. Si tú misma te ríes de tu propio desastre, le quitas a los demás el arma para herirte.

Incluso vi a Lucas de lejos otra vez y, en vez de esconderme detrás de un pilar, simplemente levanté la mano y lo saludé. Él me devolvió el saludo con una sonrisa. Al final, el universo no se destruyó porque cometí un error; de hecho, se volvió un lugar un poco más interesante.

Si de algo sirvió este oso épico, fue para entender estas tres cosas:

Nadie te mira tanto como tú crees: La gente está demasiado ocupada pensando en sus propias inseguridades como para guardar en su memoria tu caída por más de cinco minutos. No eres el centro del universo, y eso, aunque suene feo, es una libertad increíble.

La perfección es aburrida: A la gente le gusta la gente real. Un tropezón te hace humana, te hace accesible y, a veces, te da una historia genial que contar. Nadie se hace amigo de una estatua perfecta.

El ridículo no mata: Sobreviví. No me expulsaron, no me quedé sin amigos y el chico que me gusta ahora sabe que existo. El miedo al "qué dirán" es una cárcel que solo tiene llave por dentro.

Nota final: A partir de ahora, prefiero ser la chica que se tropieza y se ríe, que la chica que nunca hace nada por miedo a caerse.

Cierro este capítulo de la semana con un consejo para mi "yo" del futuro: Camina con cuidado si el piso está mojado, pero si te caes... asegúrate de que al menos alguien se ría contigo, y levántate con la cabeza tan alta como si lo hubieras planeado.


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