En quien me quiero convertir?



LECTURA.- Sinceramente, hoy tengo la cabeza a mil. Si alguien más me vuelve a preguntar "¿y qué vas a estudiar?", juro que voy a gritar. Se siente como si toda mi vida se resumiera en una decisión que tengo que tomar a los 17 o 18 años, cuando a veces ni siquiera puedo decidir qué quiero desayunar.

Es un dilema constante. Por un lado, está lo que "debería" hacer: buscar algo estable, una carrera que me dé seguridad y que haga que mis papás respiren tranquilos. Pero por otro lado, está esa vocecita adentro que me pide algo que me apasione, algo que me haga sentir que no estoy desperdiciando mi tiempo en una oficina gris.

El peso de las etiquetas
A veces me da miedo elegir. Siento que si elijo Medicina, me convierto en "la doctora" y ya no puedo ser la que escribe poemas en servilletas o la que ama editar videos. ¿Y si elijo algo creativo y luego me arrepiento porque no puedo pagar la renta? Es como si tuviera que elegir un solo personaje para jugar el resto de mi vida, y yo todavía quiero ser muchas cosas.

¿Soy lo que hago?
¿Soy lo que estudio?
¿O simplemente soy alguien tratando de encontrarse?
"No es solo elegir una carrera, es elegir un estilo de vida. Y eso es lo que realmente me asusta".

Lo peor es ver a mis amigos que parecen tenerlo todo claro. Ana quiere ser arquitecta desde los diez años; Beto ya se inscribió en Ingeniería. Y yo... yo sigo aquí, mirando folletos universitarios como si fueran jeroglíficos.

Supongo que tengo que dejar de ver esto como un examen final y empezar a verlo como un primer paso. No tengo que tener todas las respuestas hoy. Quizás el truco no es saber qué quiero ser, sino empezar a descubrir quién soy ahora mismo. Pero por ahora, el dilema sigue ahí, dándome vueltas en la cama antes de dormir.

Entre las expectativas y mi propia voz
Anoche casi no pude dormir. Me quedé pensando que, en realidad, el miedo no es a la carrera en sí, sino a decepcionar. Es como cargar con una mochila llena de piedras que no son mías: las expectativas de mis profesores, los comentarios de mis tíos en las cenas familiares y ese "tienes potencial para más" que se siente como una amenaza sutil.

El mito del "Para Siempre"
Lo que más me agobia es la palabra "vocación". Nos la venden como una iluminación divina, un rayo que te cae del cielo y te dice: "¡Tú naciste para el Derecho!". Pero, ¿qué pasa si mi rayo no llega? ¿Qué pasa si me gustan tres cosas totalmente distintas?

Me puse a investigar y descubrí que mucha gente cambia de opinión a los 30, a los 40... ¡incluso a los 50! Entonces, ¿por qué siento que si me equivoco ahora se acaba el mundo?

La presión social: El éxito parece ser una línea recta.
Mi realidad: Mi mente es un garabato que va para todos lados.

Hoy me senté un rato en el parque y me pregunté: "Si el dinero no fuera un problema y nadie fuera a juzgarme, ¿qué haría mañana mismo?". Y la respuesta no fue un título universitario. Fue una sensación: querer ayudar, querer crear, querer entender cómo funciona el mundo.

Tal vez elegir carrera no se trata de encontrar el nombre de un grado académico, sino de encontrar el lugar donde mis curiosidades se sientan cómodas.

Sigo sin tener el nombre de la carrera anotado en un papel, pero al menos hoy la mochila pesa un poquito menos. He decidido que no voy a elegir para darle gusto a nadie más que a la "yo" del futuro. Ella es la que va a tener que despertarse todos los lunes a ejercer esa profesión, no mis vecinos.

El final del laberinto (o el principio del camino)
Hoy por fin cerré la computadora después de horas de ver planes de estudio. No, no tuve una revelación mágica, ni apareció un hada madrina a decirme cuál es mi destino. Pero, curiosamente, me siento en paz.

Me di cuenta de que estaba buscando la "carrera perfecta" como si fuera un alma gemela, cuando en realidad una carrera es solo una herramienta. Es como elegir un par de zapatos para una caminata larguísima: tienen que ser cómodos y gustarme, pero lo importante no son los zapatos, sino el camino que voy a recorrer con ellos. Y si en un par de kilómetros me salen ampollas o el terreno cambia... bueno, siempre puedo cambiar de calzado.

Al final, entendí que el verdadero dilema no era la falta de opciones, sino el miedo a crecer. Crecer duele porque implica soltar todas las otras versiones de ti que no vas a ser (al menos por ahora). Pero quedarte quieta por miedo a elegir mal es la única forma real de equivocarte.

Si alguna vez vuelvo a sentir este nudo en el estómago, quiero recordar lo que aprendí estos días:
No somos un producto terminado: Estudiar una carrera no me define por completo; es solo una faceta de quién soy.

El error es parte del proceso: Equivocarse de carrera no es fracasar, es haber tenido la valentía de intentar algo.

La pasión se construye: No siempre nace contigo, a veces se encuentra trabajando, curioseando y ensuciándose las manos.

Nota mental: La pregunta no es "¿qué quiero ser?", sino "¿qué quiero aprender primero?".

Cierro este texto con la solicitud de ingreso a medio llenar, pero con el corazón más ligero. No sé exactamente en quién me voy a convertir, pero estoy empezando a entender que la persona en la que me estoy convirtiendo ahora mismo —la que duda, la que busca y la que se atreve a elegir— ya es alguien de quien me siento orgullosa.


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