Después de cerrar la aplicación y dejar el celular boca abajo en la mesa de noche, el silencio de mi cuarto se sintió casi ensordecedor. Es rarísimo cómo pasas de tener mil estímulos, música y voces en la cabeza, a estar tú sola con tus pensamientos. Da un poco de miedo, la verdad. Por eso volvemos al celular: para no tener que escucharnos.
Me quedé mirando el techo y traté de recordar qué me gustaba hacer antes de que mi algoritmo decidiera mis gustos por mí. ¿Qué hacía yo cuando no estaba preocupada por si mi vida se veía lo suficientemente "interesante" para ser compartida? Me acordé de cuando dibujaba monigotes en los márgenes de los cuadernos o de cuando perdía el tiempo inventando canciones tontas. Eran cosas que no tenían que "llegar a ningún lado" ni "convertirse en un emprendimiento". Eran solo... yo.
Me di cuenta de que el problema del scroll no es solo que perdemos el tiempo, sino que nos roba la capacidad de aburrirnos. Y el aburrimiento es donde nace la curiosidad. Si siempre estoy llenando cada segundo de mi cerebro con contenido de otros, ¿en qué momento voy a tener una idea propia? ¿Cómo voy a saber qué quiero de la vida si no dejo de escuchar lo que los demás quieren de la suya?
Hoy decidí que no necesito "encontrarme" en una pantalla. Mañana voy a intentar dejar el celular en el cajón al menos un par de horas. No para ser "productiva" ni para cumplir con otro reto estético de internet, sino para ver qué pasa cuando mi mente no tiene nada que consumir. Tal vez no descubra mi propósito de vida en una tarde, pero al menos espero volver a escuchar mi propia voz, aunque sea bajito, entre tanto ruido digital.
Ya dejé el celular en el piso, lejos del alcance de mi mano, y por fin mi mente empieza a bajar revoluciones. Es increíble cómo, en cuanto dejas de mirar lo que hacen los demás, el mundo real recupera un poquito de su color.
La moraleja de esta noche de insomnio digital es que tu vida no es un feed que tenga que verse bien para los demás, es una experiencia que tienes que sentir tú. Nos han hecho creer que si no tenemos un plan brillante o una pasión instagrameable a los diecisiete, estamos perdiendo el tiempo. Pero la verdad es que no saber qué quieres es, en realidad, el primer paso para descubrirlo. No vas a encontrar tu propósito scrolleando la vida de otra persona, porque tu propósito no está en una pantalla; está en las cosas que te hacen perder la noción del tiempo fuera de ella.
He aprendido que el algoritmo conoce mis gustos, pero no conoce mis sueños. El éxito no es tener la vida de un influencer, sino tener la valentía de apagar el ruido para entender qué es lo que a ti te hace feliz, aunque sea algo pequeño, aunque no le importe a nadie más.
Mañana voy a intentar vivir un día menos "scrolleado" y un poco más presente. Quizás sigo sin saber qué quiero de la vida a largo plazo, pero hoy sé algo importante: mi tiempo es demasiado valioso para gastarlo siendo espectadora de la vida de otros mientras la mía se queda en pausa.
Voy a dormir. Mañana me toca a mí ser la protagonista de mi propia historia, aunque no haya cámaras grabando.
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