Pasé la mitad de la mañana con el gorro de la sudadera puesto, tratando de ser un fantasma en mi propio pupitre. Lo que no me esperaba era que, al intentar esconderme tanto, me puse a observar más a los demás.
Me di cuenta de algo rarísimo: mientras yo estaba ocupada pensando que todo el mundo notaba mis inseguridades, los demás estaban igual de perdidos en las suyas. Lucía, la que siempre parece sacada de un tablero de Pinterest, no paraba de acomodarse la falda con cara de nervios. Mateo, que siempre hace chistes, se quedó mirando la nada con una expresión de cansancio que nunca le había visto.
De repente, mi sudadera vieja ya no se sentía como un escondite vergonzoso, sino como un uniforme de combate. Entendí que todos llevamos una "sudadera invisible" encima. Algunos la disimulan con maquillaje caro, otros con arrogancia y otros con silencio, pero nadie camina por ahí sintiéndose 100% seguro todo el tiempo.
A la hora del almuerzo, me bajé el gorro. Hacía calor y, sinceramente, ya me sentía un poco tonta sudando por puro miedo. No es que mis inseguridades se hubieran ido mágicamente; seguían ahí, picando un poco en el fondo de mi mente, pero ya no sentía que me definían. Al final, nadie me señaló, nadie se burló de mi look descuidado y nadie dejó de hablarme por no estar "perfecta".
La gente está demasiado ocupada con su propia guerra interna como para prestarle atención a la mía. Y aunque suene un poco triste, en realidad es liberador. Mi sudadera vieja hoy me enseñó que no necesito ser una versión brillante de mí misma para tener derecho a ocupar un espacio en el mundo. Puedo ser esta versión gris, cómoda y un poco rota, y la vida sigue girando igual.
Querido diario:
Ya es de noche y, después de quitarme la sudadera y dejarla en el cesto de la ropa sucia, me quedé pensando en qué aprendí hoy de este look tan extraño.
La moraleja de todo esto es que no necesitamos vernos perfectas para ser valiosas. A veces nos castigamos pensando que si no estamos "al cien", no somos dignas de que nos vean, de que nos quieran o de que nos escuchen. Pero la verdad es que ser vulnerable también es una forma de ser fuerte. Admitir que hoy no tienes ganas de brillar, que necesitas un refugio y que tus inseguridades te pesan, es mucho más real que fingir una sonrisa que no sientes.
He aprendido que la seguridad no es la ausencia de miedo, sino la decisión de seguir adelante incluso cuando te sientes pequeña. Mi sudadera vieja no fue un fracaso de estilo, fue una pausa necesaria. El mundo no se acabó porque hoy no fui la chica más segura de la clase; al contrario, aprendí a ser más compasiva conmigo misma.
Así que, aquí va la lección final: está bien tener días de "sudadera vieja". Está bien esconderse un ratito para recargar pilas. Pero la verdadera magia ocurre cuando entiendes que, con o sin abrigo, lo que realmente importa es la persona que está debajo de la tela. Mañana veré qué me pongo, pero espero llevar conmigo la lección de hoy: mi valor no depende de mi apariencia, sino de las ganas que tengo de seguir escribiendo mi historia, aunque sea con el gorro puesto.
Mañana será otro día, y quizá esté lista para un outfit diferente. Pero por hoy, mi paz es suficiente.
---


0 Comentarios:
Publicar un comentario